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 El Despertar

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calvo

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MensajeTema: Re: El Despertar   Vie Mayo 22, 2009 2:10 pm

XXVI El buen Samaritano


Despierto desnudo a excepción de varios vendajes, entre sábanas razonablemente limpias, con el recuerdo de algún sueño atroz que no alcanzo a recordar, pero que me ha dejado una desagradable sensación de inquietud, como cuando despiertas con el sabor de algo desagradable en la boca, que no eres capaz de identificar.
Me incorporo en la cama, me siento mareado, pero creo que podré mantenerme en pie. Miro hacia mi muñeca, pero mi reloj ya no se encuentra en ella.

- ¡Joder!.

Supongo que atraído por mi exclamación, se asoma por la puerta la cabeza de un niño de abultada nariz y mirada astuta.

- ¡Oye chaval! – le llamo mientras apoyo los pies en el suelo.

Pero el crío parece optar por una rápida retirada y desaparece con esa velocidad propia de los niños que se saben descubiertos durante alguna travesura.

- ¡ Vuelve aquí maldito pajillero!,
Pero el que entra por la puerta, es el tipo del tosco crucifijo de madera y el cañón de caza. Ahora veo que tanto en su cabello como en su barba, hay una gran cantidad de canas, lo que me hace pensar que es un tipo prematuramente envejecido, aunque esa sensación, es rápidamente desmentida por sus vivos ojos de color acero. El tipo es de complexión delgada pero fuerte.

- Vaya, vaya – bromea -, así que Lazaro ya ha resucitado…

- Creo que ese pequeño bastardo, me ha robado el reloj.

- No te lo tomes a mal, probablemente pensó que no ibas a necesitarlo en una temporada. Deberías volver a la cama, tienes una costilla rota y has sufrido deshidratación, aunque por la cantidad de cicatrices que tienes en el pellejo, no me cuesta imaginar que en peores plazas has toreado.

- Veo que no ha perdido el tiempo – respondo ligeramente molesto por el escrutinio al que parece haber sometido mi cuerpo inconsciente.

El hombre sonríe como si el tema le pareciera divertido.

- Tal como están las cosas, no pensarías que no iba a asegurarme de que no te han mordido.

Asiento con la cabeza. Si sigue con vida, no es por casualidad.

- Soy el padre Joaquín – se presenta el hombre tendiéndome la mano -, su joven amigo, ya me ha dicho ha que se dedica usted.

Le estrecho la mano y estoy a punto de presentarme cuando el misionero me pregunta:

- ¿Alguno de los nombres que figuran en sus pasaportes es auténtico?.

Está claro, que la inspección de este tipo no se ha limitado a mi maltrecho cuerpo, sino que también ha registrado mis ropas, en las que ha encontrado mis tres pasaportes: uno español, otro canadiense y por último uno mexicano. No tengo otro alemán y otro francés, porque mi dominio del teutón, se limita a un par de palabras y aunque entiendo relativamente bien el francés, no lo hablo con fluidez.

- Somos lo que hacemos padre – le respondo -, no lo que nos llaman.

El religioso asiente y aprovecho para volver a encauzar la conversación en la dirección que me interesa.

- Con respecto a mi reloj…

- No se preocupe por él – responde con una extraña expresión en el rostro -, ninguno de nosotros va a ir a ninguna parte.

Eso está por ver.

- ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?.

- Un par de horas.

Eso es demasiado tiempo. Una vez lleguen Frank y “marbellita” con el prisionero, ¿Cuánto tiempo tardarán en organizar la extracción?. Supongo que más de dos horas en el mejor de los casos, pero será mejor que no tiente a la suerte. ¿Cuánto tiempo me esperarán antes de darme por desaparecido y largarse sin mi?. ¿Cuánto les esperaría yo?. Tal y como están las cosas, supongo que se largaran en cuanto lleguen.

- Póngase cómodo – insiste el misionero intentando empujarme de nuevo hacia la cama-. Sus amigos están comiendo algo y le aseguro, que no van a poder marcharse.

- ¿Qué le hace estar tan seguro de eso?.

En lugar de responderme, mi interlocutor, me señala el pequeño ventanuco de la gruesa pared. En cuanto miro hacia el exterior, me alegro de la solidez de los muros y comprendo en el acto a lo que se refiere.

- Nos han seguido – dice el padre Joaquín – no parecen muy rápidos, pero al final siempre llegan.

Docenas de muertos vivientes, rodean el edificio de la misión. No golpean puertas y ventanas como en las películas de terror, se limitan a permanecer por los alrededores, bien tirados por el suelo, como si hubieran caído y fuesen incapaz de levantarse, bien arrastrando lentamente los pies. Se me pasa por la cabeza, la idea de que están en modo de “ahorro de energía”, pero ya he visto lo engañosa que es su aparente apatía. De alguna forma, saben que estamos dentro y se limitan a esperar, con la paciencia del que no tiene otra cosa mejor que hacer… durante las próximas décadas. Por otro lado, no me cabe duda, de que en vida, conocían la existencia de esta misión, pero no han venido hasta el momento en que nos han seguido. ¿Significa eso que no conservan ningún recuerdo de su vida pasada?. ¿Se trata de seres sin memoria que sólo reaccionan ante la presencia de una víctima inmediata?. ¿Recuerdan siquiera el motivo por el que han llegado hasta aquí?. Nada de eso importa demasiado ahora mismo. Hay que ponerse en marcha y cuanto antes mejor.

- ¿Dónde están mis ropas?.

- Tengo algo de ropa limpia que quizás …

- Gracias – le corto -, pero prefiero la mía por sucia que esté.

El misionero parece vacilar unos segundos, antes de encogerse de hombros como si dijera “tu mismo con tu turismo”.

Quince minutos más tarde, vestido de nuevo con mis sucias ropas, la hermana Sara, una monja cuarentona de aspecto severo, me dedica una desaprobadora mirada, tras ofrecerme una taza de te, con tanta azúcar que la cuchara casi podría mantenerse de pie en el centro. Unos pocos niños, juegan en el suelo de la improvisada sala (uno de ellos, de aspecto especialmente picaresco) con mi reloj en la muñeca. Tengo intención de recuperarlo, pero ya habrá tiempo para eso.

Sentados en sillas plegables, alrededor de una mesa de rústico aspecto, que no me sorprendería que hubiera confeccionado el propio misionero, veo a Greg, Mosi y a un joven de piel clara y aspecto enfermizo, que me dedica una mirada entre temerosa y acusadora, a través de unas gafas de montura dorada.

- El padre Carlo – me indica el misionero más mayor.

Extiendo la mano, que el joven religioso mira con repugnancia, dejando claro que no está para hipocresías. Desde luego, no tiene pinta de ser de los que ponen la otra mejilla. Un par de desgarradores gritos, desde la parte derecha de la misión, con un escalofrío, sé que se trata de los violentos infectados, infinitamente más peligrosos que los lentos aunque implacables muertos vivientes.

- No se alarme – dice el padre Joaquín -, están bien sujetos.

La idea, de que por muy bien sujetos que estén, tengo a un número inconcreto de rabiosos infectados en el interior del edificio, me llena de inquietud. Pero no digo nada. Después de todo, sólo soy un huésped y no tengo pensado permanecer durante mucho tiempo tras estos muros.

Calculo que deben ser entre las seis y las siete de la tarde por lo que no pueden quedar más de un par de horas de luz. Asumiendo que Malik y Marbellita hayan podido llegar sin problemas hasta el punto de extracción. No tengo ni idea de quien puede ser el interesado en Malik, pero salvo que sean los americanos y tengan un portaaviones que disponga de un helicóptero con suficiente autonomía y visión nocturna como para una recogida en medio de la precaria zona de aterrizaje que puedan improvisar, tendrán que esperar a que amanezca, lo que nos deja un generoso margen de horas, para llegar hasta allí. Claro que luego, se encontrará el problema del peso. Supongo que no es imposible que utilicen un avión de carga… pero salvo que el piloto sea un verdadero as, lo tendrá difícil para volar lo suficientemente bajo como para evitar los radares, por no hablar de aterrizar en una pista de tierra. Conociendo Iván, sus contactos bien pueden ser traficantes con contactos que quieran venderle Malik a alguna compañía farmacéutica. En ese caso, apostaría por una avioneta o un helicóptero, en cualquiera de los dos casos, seremos multitud. Lo mire por donde lo mire, no me salen las cuentas. Algunos van a tener que quedarse en tierra y eso, suponiendo que no tengan previsto liquidarnos en cuanto tengan lo que les interesa.

- ¿Va todo bien? – me pregunta Greg.

No, la verdad es que desde hace tres días, las cosas no han dejado de empeorar y tengo el presentimiento, de que la situación está lejos de tocar fondo. Pero en lugar de decirle eso o de recordarle que nos encontramos aquí gracias a su idea de acercar a su nueva amiga a casa, me encuentro respondiendo:

- Claro, todo marcha sobre ruedas.

- ¿Nos esperarán ?.

No hace falta que diga quien ni para que. Ambos sabemos de sobra de quien se refiere.

- No – respondo-, pero no creo que puedan marcharse antes de que amanezca.

- ¿Cómo podremos llevárnoslos a todos?.

No sé si atreverme a preguntar, pero lo hago:

- ¿A quien te refieres exactamente con “todos”?.

- Pues ya sabes… a todos.

Greg mira a los niños, al joven misionero de gagas y por último a Mosi. Está claro, que debe pensar, que en el punto de extracción, nos espera un aeropuerto de verdad, con un boeing bien cargado de combustible y sonrientes azafatas.

- ¡Yo no voy a ninguna parte con gente como ustedes! – responde el Padre Carlo con su marcado acento italiano.

- Haya paz – interviene el padre Joaquín -, no creo que nadie vaya a poder irse a ninguna parte.

- En eso se equivoca padre – le corto -, por lo menos nosotros dos, vamos a marcharnos.

- ¿Y Mosi? – pregunta Greg - ¿y los niños?.

- Esto no va a ser una excursión – respondo.

- Si se quedan aquí… - el joven becario es incapaz de terminar la frase.

No es preciso que la termine. Los dos sabemos lo que les espera si se quedan aquí. La ONU, en mi opinión (organización de nula utilidad), no va a enviar aquí a sus cascos azules, suponiendo que el gobierno lo autorizara, el ejército, ya debe tener suficientes problemas controlando el caos que a estas alturas a apenas tres días del inicio de esta pesadilla, ya debe de haberse extendido como un reguero de pólvora, la mayor parte de los efectivos de la guerrilla, han decidido engrosar las hordas de no muertos a juzgar por lo que he visto fuera, así que, salvo que alguna de sus respectivas embajadas se movilice o tengan el número de El Equipo A, nadie va a llegar en su rescate.

- No puedo abandonar a los heridos – dice el padre Joaquín -, pero quizás sería buena idea que …

- ¡ No! – le corta enérgicamente el joven de acento italiano -, ¡no voy a abandonarle!, y menos –añade con una voz que parece rezumar veneno -, en compañía de estos asesinos.

- ¿Asesinos? – respondo sin ocultar la diversión que me producen sus acusaciones -, su empresa ha causado más muertes, torturas y guerras en el nombre de dios, que la mía en el nombre del dólar. Por lo menos yo mato por una buena causa.

- ¿Por dinero? – casi escupe el jove.

- ¿Se le ocurre un motivo mejor?.

- ¡Ya basta! – grita ahora el veterano religioso -, este no es el lugar ni el momento, para juicios.

- Yo también me quedaría – dice la hermana Sara -, pero alguien tiene que ocuparse de ellos – añade mirando a los niños que siguen jugando ajenos a todo, sin haberse alterado siquiera por el alzamiento de las voces, o lo escalofriante de la situación -, así que les acompañaré.

Genial. Así que ahora me encuentro cargando con la señorita Rottenmeyer y un par de delincuentes juveniles en potencia.

- ¡Genial! – exclama Greg -, así tendremos una intérprete.

- ¿Cuándo planean marcharse? – pregunta el padre Joaquín.

- Cuanto antes.

Ahora lo único que necesito, es sacarme de mis sudorosas mangas, un plan para conseguirlo.


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MensajeTema: Re: El Despertar   Mar Jun 16, 2009 1:47 pm

XXVII Mano izquierda


Lo bueno de estar rodeado por una horda de fiambres zampatripas, es que no hace falta ser un genio para engañarlos. Lo malo, es que me consta que es demasiado fácil subestimarlos y acabar realmente jodido. Desde luego, no son rápidos y no parecen planificar más allá de tirarse por el suelo en comuna. Pero en cuanto de alguna forma, detectan a una presa en su zona, son capaces de coordinarse a la perfección para acorralarla y sé por experiencia, que son capaces de caminar o arrastrarse de un modo tan incansable como implacable. Parecen capaces de esperar con infinita paciencia, cuando tienen la certeza de que una víctima se encuentra atrapada en las inmediaciones. Supongo, que después de todo, no es algo tan sorprendente. Esta debe de ser la prueba, de que cuando uno ya está en el otro barrio, deja atrás el estrés y todas las preocupaciones que vayan más allá de a quien propinarle el próximo mordisco.

- Será mejor que se lo lleve – dice el padre Joaquín, tendiéndome su baqueteado rifle -, a usted va a hacerle más falta que a mi.

Me encuentro desarmado, ya que aunque no recuerdo haber soltado mi pistola, esta debió perderse en algún momento. Es posible, que se encuentre dentro del vehículo de la misión, pero siendo realista, no confío en volver a verla. De todos modos, el estado de mis costillas, no me permite disparar un arma con semejante retroceso, así que niego con la cabeza.

- ¿A probado alguna vez a disparar uno de esos con las costillas rotas?.

El misionero niega con la cabeza, mientras sigue tendiéndome el arma.

- Le ruego que la tome, o tendré la tentación de utilizarlo…

Sé perfectamente a lo que se refiere. Dudo muy seriamente, que nadie vaya a llegar en su rescate y desde luego, los zampatripas no van a largarse. Si se queda aquí, como al parecer tiene intención, sus alternativas no son muchas y no creo que tarde en sentir la tentación de cometer uno de esos pecados por los que te cierran las puertas de ese club tan exclusivo, que al parecer es el cielo, algo como el suicidio. De existir el cielo, a mi no me dejarían ni entrar para limpiarles los retretes, claro que, yo hace años que dejé de creer en cuentos infantiles.

- Como guste – acepto finalmente tomando el arma de sus manos.

Pero el Padre Joaquín, no parece haber terminado aún y algo me dice, que lo que quiere, no es hacerme entrega de las municiones.

- Quiero que se lleve al Padre Carlo – añade.

Esa es la madre del cordero. Por un lado, ya no me viene de eso, pero por otra, ese estúpido meapilas, me dio la sensación de ser el típico hijodeputa, que se las apaña para conseguir estorbar en medio de cualquier situación.

- No parecía muy dispuesto a dejar esto.

- Tendremos que utilizar un poco de mano izquierda.

Me encojo de hombros. Por mi parte, puede venir, pero si espera que mueva un solo dedo para convencerle de que me acompañe.

- Vamos a hablar con él – acepto.

Reconozco, que quedo sorprendido, al comprobar los persuasivos efectos, de la “mano izquierda” del padre Joaquín. Al abrir la puerta de la habitación, del religioso italiano, lo encuentro atado y amordazado sobre su cama, con un visible moretón alrededor de su ojo izquierdo.

- ¿No se condena uno a los infiernos por pegarle a un sacerdote? – pregunto sin molestarme en disimular lo divertida que me resulta la situación -… claro que en alguna parte escuché algo sobre poner la otra mejilla.

El padre Joaquín enrojece ligeramente a diferencia del amarrado padre Carlo, que está casi más rojo que una cereza, mientras se retuerce rabiosamente en sus ligaduras. Pero por muy divertida que me parezca la situación, está claro que no podemos llevárnoslo así. Nuestro pellejo va a depender en gran medida de lo rápido que podamos movernos. Este tipo es un lastre, lo que lo convierte en una amenaza para la supervivencia del grupo en general, algo que no pienso tolerar, especialmente cuando yo formo parte de ese grupo.

Me dispongo a quitarle la mordaza de la boca, pero el tipejo sigue debatiéndose como un cochino al que estuvieran sodomizando su almorránico trasero con una guindilla.

- ¡Ya basta! – le grito con una voz más cansada que furiosa -, ahora voy a hablarle, si va a ser razonable, le quitaré la mordaza.

Mis palabras parecen surtir efecto. El religioso deja de retorcerse, mientras asiente con la cabeza. De un tirón, retiro el grueso esparadrapo que cerraba su boca y escupe lo que podría ser algodón o una bola de papel de celulosa.

- Me marcho en quince minutos – le digo - puede que su gobierno, el vaticano o incluso el arcángel Gabriel al mando de un comando de querubines, acuda a su rescate. Si prefiere quedarse y esperar, por mi está bien.

Por la expresión de su rostro, veo que no está nada convencido, estoy a punto de ofrecerle la posibilidad de acompañarnos, cuando el padre Joaquín se me adelanta.

- Tienes que marcharte Carlo – dice con un tono de voz grave -, eres joven y mantienes intacta tu fe en nuestro señor.

La verdad, es que no se me ocurre gran cosa que añadir. Para mi sorpresa, en lugar de un estallido de furia e insultos, el aún amarrado misionero, sólo pregunta:

- ¿Y usted padre?.
El veterano misionero mueve a los lados la cabeza. Es el capitán que ha decidido hundirse con su barco, el anciano que escoge morir en su casa, en lugar ir a buscarse la vida en un país en guerra. Alguien me dijo una vez, que en esta vida, hay dos tipos de personas, las que salen a buscar su muerte y las que prefieren sentarse a esperarla y el padre Joaquín, quizás porque ya ha perdido toda esperanza en el mundo de los hombres y la fe en sus creencias, ha decidido ser de los segundos. Todo un descreído desengañado haciendo oposición para llegar a mártir.

- Yo… debo quedarme – es todo lo que dice.

Con la clara sensación de que esta no es mi guerra, me doy la vuelta y salgo de la habitación. Tengo asuntos de los que ocuparme y no hay gran cosa que yo pueda añadir para convencer o disuadir a Carlo.

Entrego el pesado arma y la bandolera de municiones a Greg, que a su vez se lo entrega a Mosi. La expresión de la muchacha, se anima como la de una adolescente ante el primer regalo de su novio.

- ¿Cuál es el plan? – pregunta Greg.

Mientras Mosi acciona el cerrojo del arma, ya sea para comprobarlo o bien para familiarizarse con él, mi mente vuelve a centrarse en el “plan de fuga”.

- No es nada demasiado elaborado – reconozco -, creamos una distracción para atraer a tantos zampatripas como podamos lo más lejos posible, del vehículo, nos metemos dentro y nos largamos.

Mosi sonríe con satisfacción ante el sonido del cerrojo de su nueva y flamante arma, pero el rostro de Greg, me indica bien a las claras, que mi plan le parece la madre de todas las cagadas y probablemente, se disponía a decirlo, cuando ambos nos volvemos hacia la puerta que se abre a nuestras espaldas. Por ella, entra el padre Carlo ya liberado de sus ataduras.

- Finalmente – nos dice con su inconfundible italiano -, aceptaré su invitación.

- Cojonudo – respondo.

Mosi dice algo que no alcanzo a comprender, que no creo que fuera destinado a nadie en concreto y que a decir verdad, difícilmente podía importarme menos. Vamos a ir muy apretados en el vehículo y esta va a ser una noche muy larga, así que voy a intentar tomarme todo este asunto con calma. Al fin y al cabo, será si conseguimos llegar hasta el punto de extracción, cuando la cosa se complique de verdad.


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MensajeTema: Re: El Despertar   Lun Jul 06, 2009 9:54 am

XXVIII Bocas y mangueras

La primera parte del plan funciona razonablemente bien. Por descontado, no soy tan estúpido, como para contar con que todo salga como lo planeamos. En una huida, en la que la rapidez y el sigilo van a ser cruciales, un grupo compuesto por un tipo herido y semi colocado con a saber que tipo de analgésicos caseros, un universitario utilizado como mano de obra barata por sus eminentes ex profesores, una niña soldado, a la que su traumática vida, ha podido convertir en una psicópata, un misionero italiano, que a mi me parece más bien un integrista, una veterana y envejecida monja. Mitad enfermera, mitad niñera, todo religiosa y por si fuera poco, un grupo de media docena de delincuentes juveniles en potencia. Esas son demasiadas variables para cualquier ecuación, se mire por donde se mire, pero ya cuento con que alguien cometerá un error, del que escaparemos con algunas bajas. Aunque tengo algunas preferencias al respecto, los resultados a menudo son inciertos en este tipo de negocios.

El padre Joaquín, que hace casi un cuarto de hora, que empezó a gritar y arrojarles objetos a los zampatripas, desde una de las ventanas superiores del otro lado del edificio, ha conseguido o por lo menos eso es lo que parece, atraer hacia allí a la mayor parte de fiambres ambulantes. Mientras la hermana Sara, se las apaña para ir instalando a los jóvenes “grumetillos” en la parte trasera del vehículo de la misión, Alima y Greg hacen guardia en la entrada del garaje y en una alianza contra natura donde las haya, el meapilas del padre Carlo y yo, colaboramos para repostar el destartalado todo terreno, al límite de su capacidad. Son quizás miles, las cosas que esperaba que salieran mal, desde un ruido inoportuno a que alguien perdiera los nervios o simplemente, que algún zampatripas se hubiera quedado rezagado, pero para mi sorpresa, todo parece estar marchando sorprendentemente bien.

Quizás sea por el miedo, pero todo el mundo cumple con su parte, casi en completo silencio, por eso, aunque en medio de sus gemidos, es prácticamente imposible, que los fiambres lo oigan, Carlo se sobresalte incluso por el leve sonido que hago al quitar el tapón de combustible. Ignorando su mirada asesina, me dirijo hacia los depósitos de combustible, con los que habrá que emplear el tradicional sistema, de introducir una manguera y succionar. No es que esperase encontrarme con una gasolinera, pero este proceso va a ser lento.

El joven misionero, que por lo que veo, no está muy familiarizado con el proceso, necesita varios intentos, hasta que el combustible empieza a fluir en dirección al depósito.

- Pensé que tendría más práctica en este tipo de acciones – le susurro.

El tipo me dedica una envenenada mirada antes de espetarme:

- ¡Cállese!.

La religiosa que se encuentra con los delincuentes juveniles, nos dedica una severa mirada, mientras se lleva un dedo a los labios, a pesar de que es imposible que las hordas de no muertos, puedan oír unos susurros que se encuentran al otro lado del edificio, por encima de sus gemidos y lamentos.
El depósito del todo terreno, parece no tener fondo, aunque con todos los que vamos a viajar a bordo, vamos a necesitar hasta la última gota de combustible para llegar a la zona de extracción. Sobretodo, ahora que empieza a parecer, que no vamos a sufrir bajas en nuestras filas, algo que ya empezaba a ver, como un medio de aligerado de lastre.


- ¡Daos prisa! – exclama Greg con una voz que a pesar de su bajo tono, a todos nos parece desagradablemente alta -, ¡ ya vienen!.

¡Imposible!. Desde aquí no pueden habernos visto o oído. ¿Cómo demonios nos han descubierto?. Una expresión de satisfacción, aparece en el rostro de Alima. Estoy seguro, de que estaba ansiosa por disparar el rifle desde que este cayó en sus manos y por lo que parece, pronto va a tener ocasión. Greg acciona la corredera de su pistola, introduciendo una bala en la recámara.

- ¡ No disparéis ! – les ordeno -, puede que solo estén buscando otra entrada.

Greg niega con la cabeza, terriblemente pálido.

- Lo saben. Ellos saben que estamos aquí.

Mi primera impresión, es que el muchacho a perdido los nervios, así que dejo la manguera introducida en el depósito y ante la furibunda mirada del religioso, que se apresura a sostenerla, me dirijo a echar un vistazo.

- ¡Joder! – exclamo.

Me basta un simple vistazo, para saber que Greg está en lo cierto. No se trata de un par de emprendedores que han decidido probar suerte por otro lado. Hasta el último de esos olorosos bastardos, se está moviendo directamente hasta aquí. Durante un par de horrorosos seguros, soy incapaz de hacer otra cosa, aparte de observar su lento pero implacable avance, pero por suerte o por desgracia, el estruendoso disparo del arma de Alima, me hace reaccionar. Volviéndome hacia el misionero, que aún sostiene la manguera, entre sus temblorosas manos, grito todo lo que mis doloridas costillas me permiten:

- ¡Deja eso!, ¡nos vamos!.

El hombre me mira como si no comprendiera, mientras me siento tras el volante.

- ¡No está lleno! – exclama con una mezcla de indignación, que me hace pensar en un adolescente al que sólo le hacen una paja, después de haber pagado por una mamada.

Alima se deja arrastrar hasta el vehículo y ambos se las apañan para sentarse muy juntos en el asiento del copiloto. El único que sigue en tierra, es el padre Carlo que parece incapaz de soltar la manguera de combustible, a pesar de los ruegos de la hermana Sara.

- ¡ Maldita sea! – maldigo -, ¡tenemos que salir de aquí ahora mismo!.
Pongo el motor en marcha, cuando las primeras hileras de zampatripas, se encuentran a apenas media docena de metros y puedo ver con total claridad, sus ojos de tiburón. Estoy convencido, de que el religioso se ha quedado helado por el horror, cuando para mi sorpresa, este exclama con su inconfundible acento italiano.

- ¡Ya esta lleno!.

Estoy a punto de cambiar de opinión sobre él, cuando el tapón del depósito de combustible, se le escapa de las manos al dejar la manguera, que sigue regando combustible por el suelo y rueda en dirección a la horda de no muertos.

- ¡Joder!.

Greg saca la mano armada con la pistola por la ventanilla y dispara un par de veces, pero a estas alturas, eso es algo tan ridículo como intentar apagar un incendio forestal con un baso de limonada. El padre Carlo, mira el tapón de combustible entre los pies de los zampatripas y no me cuesta imaginar que está planteándose si puede recuperarlo.

- ¡Olvídelo! – le grito -, deje las oposiciones de mártir para otro día y meta su escuálido culo en esta patera con ruedas.

- Perderemos combustible- dice.

El combustible sigue derramándose por el suelo. Introduzco la primera marcha.

- Nosotros nos marchamos – digo.

Funciona. El tipo se las apaña para meterse en la parte de atrás del vehículo, mientras yo empiezo a acelerar. El vehículo pasa entre dos escuálidos fiambres y golpea de lado a otro que produce un extraño sonido seco.

- No iremos lejos – dice el padre Carlo -, perdemos combustible.

- No hará falta ir muy lejos – digo casi para mi mismo.

Maldigo en voz baja y aprieto los dientes, al pasar sobre un par de baches, pero la cosa mejora ligeramente cuando por fin tomo el pedregoso camino que lleva a la aldea, donde dejé atascado el otro vehículo todo terreno. Salvo que los zampatripas se lo hayan comido, seguirá allí, así que sólo tenemos que liberarlo y seguir el viaje.


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MensajeTema: Re: El Despertar   Lun Jul 06, 2009 12:23 pm

XXIX Apestosa madriguera

El atrapado vehículo, se encuentra contra todo pronóstico, totalmente abandonado. Esa, es otra cosa que me sorprende. Por algún motivo, quizás por la influencia de todas las películas de horror que me he tragado, esperaba que quedara algún zampatripas rezagado, quizás oculto en el interior del vehículo o simi enterrado bajo él, listo para salir disparado y atrapar a algún incauto. Pero todos estamos demasiado asustados para ser incautos y no hay la menor señal de vida en la zona, ni siquiera por parte de animales carroñeros, que a estas alturas, deben de andar infectados esparciendo la muerte y el caos. Pero los zampatripas, parecen moverse en bloque, todos a una. Eso tiene su lógica, ya que de otra forma, difícilmente podrían capturar a nadie. Funcionan como una gigantesca planta carnívora, se quedan quietos por la zona y dejan que te internes en ella, para luego levantarse todos a una y encerrarte. Pero, ¿como diablos se comunican?. Los únicos sonidos que salen de sus bocas, aparte del sonido de masticación, es una amplia variedad de gemidos a cual más espeluznante, pero de algún modo, se las apañan para coordinarse. Algunos no tienen ojos ni orejas, pero hace apenas diez minutos, nos detectaron a una distancia desde la que yo no podría haberlo hecho. ¿Por qué Malik que se supone fue el paciente cero, no está rabioso?, ¿Cómo no fue devorado cuando caminó durante dos días entre ellos?. Supongo que toda esta mierda, procede de la jodida excavación, pero los arqueólogos y trabajadores, llevaban días bajando allí abajo sin problemas, ¡incluso Julie! Que era lingüista, había bajado un par de veces para tratar de descifrar las extrañas inscripciones. ¿Por qué pudo “poseer” si es eso lo que hizo a Malik y no a los demás?. Y también está el caso de aquel chaval que parecía dirigirlos como si de un rebaño se tratara. Solo han pasado tres días desde que empezó esta pesadilla y no me atrevo ni a tratar de imaginar hasta donde se habrá esparcido ya. Espero que los científicos y frikis, sean capaces de encontrar más respuestas que yo a toda esta mierda, porque de no ser así… esta mierda se esparcirá a lo grande.

- No se ha perdido mucho combustible – dice la voz del Padre Carlo a mis espaldas.

Me vuelvo y veo que el misionero, ha conseguido improvisar un tapón para el depósito con lo que creo puede ser una bolsa de plástico y cinta aislante.

- Buen trabajo – digo distraídamente mientras centro mi atención en los alrededores.
-
Calculo que deben ser poco más de las nueve de la noche, pero esta va a ser una noche muy oscura. Alima se encuentra de centinela. Los zampatripas, tendrán que escoger entre seguirnos a nosotros o quedarse a asediar al padre Joaquín y los … infectados que allí han quedado. Si yo fuera uno de ellos y de alguna forma, supiera que aún quedan presas dentro, escogería quedarme para asediar, antes que intentar atrapar a quienes se mueven en vehículo. Pero así es como pienso yo, por lo que realmente y aunque no alcancemos a verlos, es perfectamente posible, que la horda esté moviéndose ahora mismo en esta dirección.

- Será mejor que nos demos prisa – digo sin referirme a nadie en concreto.

Greg, que se encuentra enganchando la sirga en la parte trasera del vehículo atrapado, asiente con la cabeza.

¿Qué hora debe ser?. Inconsciente levanto mi brazo y dirijo la mano hacia la muñeca, pero mi reloj ya no se encuentra allí. Así que me aproximo al vehículo donde la religiosa, está explicándoles cuentos o quizás el mismísimo Kamasutra en un idioma del que no consigo entender una maldita palabra. Doy un par de golpecitos en el cristal, para interrumpirla antes de abrir la puerta.

- Uno de sus delincuentes juveniles tiene mi reloj.

La hermana Sara, me mira con su severo rostro visiblemente ofendido.

- ¡No han tenido una vida fácil! – exclama -, no hace falta ser desagradable.

- No tengo tiempo para esa mierda – tiendo la mano izquierda en un claro gesto de pedir -, si hace el favor…

La religiosa dice algunas palabras con un amable tono de voz, que por lo que veo no consigue ablandar sus corazoncitos, ya que mi mano sigue igual de vacía, así que endureciendo el tono de voz y apoyando mi mano derecha en la empuñadura del cuchillo de combate, que es el único arma que conservo, añado:

- Esto no es ningún juego, necesito saber el tiempo que nos queda, estoy siendo amable, sólo volveré a pedirlo una vez más.

Los ojos de la hermana Sara se abren como los de un cervatillo antes de ser deslumbrado y embestido por un trailer, pero con un tono de voz algo más severo, les dice a sus grumetillos lo que será el equivalente de “este tipo chungo dice que o le devolvéis el reloj o os raja y lo busca el mismo entre vuestras entrañas”. Al ver el miedo en la religiosa, los delincuentes juveniles se lanzan contra el culpable, que grita como una gallina sodomizada.

- ¡Silencio!.

Por lo que parece, todos lo entienden y se calman, dedico una severa mirada al jovenzuelo, que al verse atrapado, se baja los calzones y para mi horror, introduce su mano entre sus nalgas, de donde salen extrayendo mi reloj.

- ¡ Maldito, apestoso y culirroto hijo de mil putas ! – exclamo ante las escandalizadas narices de la religiosa -, no podía ponérselo o guardarlo en un bolsillo, tenía que esconderlo en su sangrante ojete.

La hermana anda respondiéndome algo en términos no demasiado cristianos, pero yo ya he cerrado la puerta y me alejo dándole la espalda, mientras froto con arena el reloj, que marca las 21:07, no andaba muy desencaminado.

Greg, que ya ha terminado de fijar la sirga metálica y se encuentra al volante del vehículo atrapado, indica que ya se puede iniciar la operación de remolcado, para mi sorpresa, la hermana Sara, quizás para demostrar su valía, se coloca a los mandos del vehículo de la misión y introduce la marcha atrás. Durante unos segundos, el cable se tensa y parece que el destartalado todoterreno, seguirá atrapado, pero finalmente, las ruedas encuentran algo de tracción, gracias a los palos introducidos bajo sus ruedas traseras y es liberado por fin.

Toca repartirse entre ambos vehículos. Como los dos únicos entre nosotros, que aún conservan sus armas de fuego son Mosi y Greg, se decide en la ex niña soldado, viaje en el vehículo de la misión, junto a la religiosa y su “troupe” de delincuentes juveniles, mientras que mi destartalado vehículo, abrirá la marcha, con Greg como escolta y el misionero como apoyo religioso.

Contra todo pronóstico, las millas se suceden, sin percances destacables. Greg aprovecha para dormir y quizás movido por el aburrimiento, o bien por miedo a que me quede dormido por el efecto de los calmantes que me tomo como si de caramelos se tratara, al padre Carlo, le da por intentar darme conversación.

- ¿No le cuesta trabajo conciliar el sueño por las noches? – me pregunta el religioso.

- Y que lo diga, con este calor… y no hablemos de los mosquitos.

El misionero se queda unos segundos en silencio, antes de volver a la carga.

- Me refiero a su conciencia.

- ¿Conoce usted mi vida y obra? – le pregunto mientras doy un vistazo de reojo al indicador de combustible.

- ¡ Sé muy bien a lo que se dedican ustedes!.

- No es el más apropiado para criticarme. No después de que la iglesia haya gastado un montón de dinero en tapar casos de abusos sexuales a menores.

El sacerdote resopla, pero yo continúo:

- Por no hablar del tráfico de armas que los misioneros hicieron para establecerse en Japón, las cruzadas o de ese asuntillo… ya sabe, la Santa Inquisición.

- ¡ La iglesia a ayudado a muchas personas!.

- Y jodido a muchas otras. La utilización de preservativos podría salvar muchas vidas y ayudar a frenar el sida en este continente, pero su iglesia está en contra.

- ¡Es ese modo de pensar, el que ha provocado la ira de dios!.

- ¿Así todo esto es por la ira de dios?.

El hombre totalmente rojo de ira, decide guardar silencio por fin. Detengo el vehículo y saco el mapa. El todo terreno de la misión, se detiene a un par de metros. Según el mapa y si no me he desviado demasiado, tendría que haber un río en esta cuadrícula del mapa, lo que significa que no puede estar a más de un quilómetro de distancia en el peor de los casos, pero la noche está antinaturalmente silenciosa, lo que no me gusta un pelo.

- ¿Ya hemos llegado? – pregunta Greg mientras se estira para desperezarse.

- Ojala.

No me molesto en utilizar los prismáticos, ya que la visibilidad esta reducida a poco más de una decena de metros. Si hay un río por aquí, o es realmente silencioso o está más seco que una mojama. Dedico una mirada al reloj. Faltan un par de minutos para la media noche. Una vez encontremos el río o su cauce, sólo tendremos que seguirlo en dirección norte, para llegar a la zona de reunión. El problema, es que algo anda realmente jodido por los alrededores. Este silencio es tan desquiciante como antinatural. Sé que lo más sensato, sería dejar aquí los vehículos y hacer un rápido reconocimiento a pie de la zona, para tratar de localizar el curso de agua. Puede que hayamos pasado cerca hace rato y el sonido del motor haya enmascarado el del agua. Pero la idea de ponerme a caminar aunque apenas sea unos centenares de metros, en medio de esta oscuridad, no me atrae lo más mínimo.

- ¿Algún problema? – pregunta Greg.

Tomo otro calmante dando un trago de la botella.

- En absoluto – respondo -, vamos a dar un pequeño paseo, a ver si localizamos el río.

Greg baja del vehículo con escasa convicción.

- ¿No sería más rápido ir con el coche?.

- Si supiera donde está el río o por lo menos fuera de día sí.

- Bueno – el joven da otro largo bostezo antes de continuar -, todo esto parece estar en calma.

Eso, es precisamente lo que me preocupa.


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MensajeTema: Re: El Despertar   Mar Jul 07, 2009 11:35 am

XXX El punto de no retorno

El padre Carlo insistió durante un par de minutos, en acompañarnos durante esta pequeña excursión nocturna y durante unos segundos, estuve tentado de aceptar, pensando en la gran cantidad de cosas malas que le podían suceder. Pero en medio de esta oscuridad, probablemente no tardaremos en desorientarnos. Así que le dejo encargado de una importante misión. Si no estamos de regreso dentro de veinte minutos, el padre Carlo tendrá que accionar las luces durante unos segundos, operación que repetirá otras dos veces cada cinco minutos, hasta que transcurra media hora. Si para entonces no estamos de regreso… será mejor que se ponga en marcha, ya que con toda probabilidad, las luces atraerán alguna atención no deseada, pero no se me ocurren demasiadas alternativas para orientarme en medio de esta noche tan oscura.

Caminamos a escasa velocidad, ya que ni la visibilidad ni el terreno, ni mi estado físico, nos permiten movernos con mayor celeridad.

- Si encontramos el río – pregunta Greg rompiendo el tenso silencio -. ¿Cómo nos las apañaremos para no desorientarnos ?.

Levanto la vista y señalo al estrellado cielo.

- Utilizaremos alguna constelación como referencia. Aparte, me basta con saber una dirección y distancia aproximadas.

Greg asiente con la cabeza mientras seguimos caminando, pero seguimos sin encontrar el menor rastro del esquivo riachuelo.

- ¿Seguro que todo esto es buena idea? – pregunta el becario.

- Tranquilo – respondo -, en cuanto demos con el riachuelo, será como seguir una carretera.

- No, me refiero a lo de entregar a Malik.

Me detengo y permanezco unos segundos atento al menor rumor antes de responder.

- Bueno, la situación ya está bien jodida, puede que gracias a él encuentren una cura o algo.

- Pero piénsalo un momento – responde el joven en voz demasiado alta para mi gusto -, si lo que Malik decía es cierto y ese… ser, puede… poseer a las personas, quizás siga dentro de Malik y simplemente, se haya dejado capturar para salir de este continente y una vez en Europa o en América…

Doy una mirada al reloj, pasan poco más de veinte minutos de la media noche. Técnicamente, este es el cuarto día desde que empezó esta locura y si lo que dice Greg es cierto… podría ser un desastre descomunal. Pero por lo que sé, ya se ha producido un posible contagio en Europa gracias a Julie, claro que allí tienen más medios para controlar esta mierda… o eso espero.

- Esperemos que sepan lo que se hacen.

Greg está a punto de responderme algo, cuando levanto una mano para imponer silencio. Un pequeño rumor, me llega desde alguna parte a nuestra derecha. Un hedor desagradablemente dulzón, empieza a ganar intensidad, lo que no me gusta un pelo.

Aceleramos el paso y ahora, estoy seguro de que oigo un chapoteo.

El riachuelo, se encuentra a apenas un par de decenas de metros y la verdad es que su caudal es tan discreto, que apenas produce un ligero rumor. Pero no es ese ligero rumor de agua, lo que llegó hasta mis oídos, sino algo más parecido a un chapoteo…
- Bueno – dice Greg –, ya podemos volver ¿no?.

Vuelvo a escuchar ese chapoteo. Aunque soy consciente, de que lo más sensato sería darnos la vuelta y regresar, siento una repentina necesidad por saber que es lo que ha producido ese chapoteo. Doy un par de pasos en su dirección y veo una extraña silueta en el agua. La desagradable peste se hace mucho más intensa.

- Pero… - Greg se queda sin palabras, en cuanto distingue de que se trata.

A un par de escasos metros de nosotros, emerge del agua lo que parece un feto de rasgos humanos, aún atrapado mediante el cordón umbilical a un cuerpo que se encuentra totalmente sumergido. Quizás la madre, embarazada de unos cinco o quizás seis meses, fue contagiada, alguien le golpeo la cabeza y arrojó el cuerpo al río o puede que ya estuviera muerta cuando algún pequeño carroñero infectado, se alimentó de ella… se me ocurren varias posibilidades y quizás ninguna sea la correcta. El pequeño monstruo, abre la boca en lo que parece un intento de grito, pero no está respirando y por lo tanto, ningún sonido puede salir de sus pulmones. Greg levanta su pistola.

- No dispares – le indico.

- Pero… no podemos dejarle así.

Pero lo cierto es que podemos y lo haremos. No sólo por la escasez de munición, sino porque aún estamos lejos de los vehículos y no quiero que el disparo atraiga atenciones no deseadas. Miro el reloj, aún faltan un par de minutos para que el misionero accione las luces. Aunque estoy relativamente seguro, de cual es la dirección correcta en la que debemos caminar, me consta lo fácil que es desorientarse en la noche, así que esperaremos.

- Debe ser horrible … - empieza Greg -, ya sabes, nacer así…

Mi acompañante parece incapaz de apartar la vista del feto no muerto, que parece esforzarse por gatear en nuestra dirección y cortar el cordón que le encadena al cadáver de su madre. No me sorprende, no es la primera vez que veo a alguien que es presa de la morbosa fascinación de aquello que nos horroriza.

- ¿Más horrible que no nacer?.

¿Es peor ser un muerto viviente que un muerto normal y corriente?, ¿tendrá inteligencia o sólo instinto?, ¿seguirá aquí atrapado hasta pudrirse?. Lo dudo. El cordón cederá antes o después y entonces será arrastrado por la corriente. De ser un simple feto muerto, probablemente terminaría siendo devorado por algún animal carroñero, pero en ese estado… quien sabe.

- ¿No te parece un… un mal presagio? – pregunta Greg visiblemente horrorizado -, me recuerda a esos textos apocalípticos que hablan de cielos rojos, lluvias de sangre y ese tipo de cosas, que nunca me tomé en serio.
Será mejor que escoja con cuidado mis palabras. Reconozco esa mirada, hasta las personas más fuertes, tienen un límite, este chaval está cerca del suyo, ha llegado a lo que muchos llaman “el punto de no retorno”. Hay muchos caminos para llegar a él. En Bosnia, fueron muchos los que cruzaron esa línea, al llegar a su casa y encontrarse a su familia violada y asesinada por los vecinos, más de un misionero, lo ha cruzado al encontrarse cara a cara con una aldea por la que han pasado los batallones de violadores que matan a los ancianos, reclutan a los niños y violan a las mujeres. También han sido varios los que han llegado hasta ese punto, después de una buena sesión de tortura. Al llegar hasta ese punto, no existe una reacción unánime. Unos, simplemente pierden las ganas de vivir y se dejan morir lentamente, otros optan por la vía rápida de volarse la tapa de los sesos. Algunos se convierten psicópatas iguales o peores que los tipos que les empujaron a ese estado y otros, quizás los menos, salen reforzados de esa experiencia, como si te empujaran hacía la parte más baja de una tabla y salieras por el otro lado. Pero aunque la forma de reaccionar es distinta para cada persona, la inconfundible mirada, del punto de no retorno, es siempre la misma. Greg, ya no volverá a ser el que era. Unos destellos luminosos intermitentes, se hacen visibles bastante a la derecha de donde pensaba que se encontrarían, es la hora de regresar.

Levanto la vista hacia el cielo, se encuentra claro y despejado, reconozco la constelación en forma de W, se trata de Casiopea.

- Vamos – le indico a Greg poniéndole la mano sobre el hombro -, o empezarán a preocuparse.

- Vamos a morir todos ¿verdad? – pregunta mi acompañante con un fría tranquilidad que no me gusta un pelo.

- Nadie vive para siempre.

- Puede que el si.

Greg sigue mirando hacia el feto no muerto. Aunque él no pueda verlo, asiento con la cabeza.

- Sí puede que él sí viva para siempre.

Los dos empezamos por fin a caminar de regreso dejando el río y a Casiopea a nuestras espaldas, sin que la inquietante sonrisa, desaparezca ni por un momento del rostro de Greg.


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MensajeTema: Re: El Despertar   Lun Jul 13, 2009 1:31 pm

XXXI Tres Balas

Para mi sorpresa, el padre Carlo parece alegrarse al verme aparecer. A pesar del miedo y de la tensión, me siento terriblemente cansado, dolorido y soñoliento, supongo que el sueño, será en gran parte debido al efecto de los analgésicos, pero siento la cabeza terriblemente pesada, así que en cuanto llegamos a las inmediaciones del riachuelo que debemos seguir, detengo el vehículo y le pido al sacerdote, que se encargue de conducir siguiendo su curso en sentido ascendente.

El sacerdote, se coloca a los mandos del vehículo, diciendo que no me preocupe y que ya me despertará si ocurre cualquier cosa. Me acomodo lo mejor posible en la parte trasera. Greg sonríe levantando un pulgar hacia arriba, en un inconfundible gesto, de que todo va bien. Sé que debería desarmarle, pero las fuerzas parecen abandonarme a toda prisa y la verdad sea dicha, todo este asunto, está empezando a importarme un carajo. Si hubiera sido listo, me hubiera largado con un vehículo cuando tuve la oportunidad. Cada minuto que pasa, se hará más y más complicado salir de aquí. Incluso en el mejor de los casos, si los tipos a los que les entregamos el “paciente zero” cumplen con su parte del trato, ¿Qué pasará con los religiosos y los niños?. No creo que acepten llevarlos así sin más. Quizás lo mejor sería…

Despierto sobresaltado, al pasar sobre un bache especialmente profundo. No recuerdo haberme quedado dormido, pero así debe de haber sido y lo que es más raro, siento la cabeza totalmente despejada, aunque el dolor de mis costillas, también parece haberse despejado. Dedico una rápida mirada la reloj, son las 04:36, a menos que nos hayamos desviado o que la velocidad haya sido ridículamente baja, ya deberíamos haber llegado. Cojo el envase de los fuertes calmantes y a punto estoy de tomar otro comprimido, pero finalmente opto por devolverlo al bolsillo. El dolor me mantendrá despierto y despejado.

Greg no se ha volado la tapa de los sesos, ni me ha asesinado mientras dormía, lo que es aún mejor. Su rostro ya no muestra esa heladora sonrisa, aunque un simple vistazo a sus ojos, me indica que se encuentra agazapada y dispuesta a aparecer.

- Me gustaría dormir – me comenta animadamente -, pero no puedo. Estoy demasiado impaciente.

Asiento con la cabeza y me sorprendo al comprobar, que mi mano derecha, se ha dirigido de un modo instintivo hacia mi cuchillo de combate. Aparto la mano y de nuevo veo esa odiosa sonrisa en el rostro del muchacho. ¿Se habrá dado cuenta de mi involuntario gesto?. Quizás debería desarmarlo ahora.

- ¿Cuántas balas te quedan ? – pregunto.

Greg toma la pistola con un gesto rápido y nervioso, que a punto está de hacer que me lance sobre él, pero se limita a pulsar el botón de retenida y atrapar el cargador.

- Tres balas.

- No son muchas.

- Una por cada uno de nosotros – añade Greg -, ¿debería reservarlas?.

Ese, es el tipo de comentario, que me temía que haría.

- ¿Usted que dice padre? – continua Greg dirigiéndose al religioso -¿quiere que le reserve una por si acaso?.

- ¡El suicidio es un pecado mortal! – responde el alterado sacerdote.

- Bueno – Greg parece divertido y excitado -, podría matarle yo, así no le pondrían pegas para entrar en el cielo.

Con unos movimientos, que me hacen sospechar, que el muchacho ha estado practicando, vuelve a introducir el cargador en el arma.

- Quizás sería mejor que la lleve yo – comento con una voz que pretendo suene despreocupado.

Greg mira mi mano durante un par de segundos, se encoge de hombros y durante un instante, estoy seguro de que me la entregará.

- Creo que no – responde finalmente.

El muchacho vuelve a hacer girar el arma, con un gesto parecido al del pistolero de un western y la guarda en su pistolera.

- Como prefieras – digo intentando aparentar, una indiferencia que no siento en absoluto.

- ¿Quieres que guarde una bala para ti? – me pregunta ahora Greg con una amplia sonrisa de oreja a oreja.

Guardo silencio y contengo mi impulso de borrarle la sonrisa de la cara de un puñetazo.

- No – respondo finalmente.

- ¿Prefieres que te coman vivo?.

Greg parece estar disfrutando enormemente con el macabro tema de conversación.

- No, no es que lo prefiera – le aclaro -, pero al fin y al cabo, sólo se muere una vez. No he tenido una vida fácil y no escogeré una muerte fácil.

Transcurren varios segundos de tenso silencio, durante los que Greg, se limita a mirar con aparente fascinación su arma, pero sin decidirse a sacarla de la pistolera. Finalmente es el padre Carlo el que rompe el tenso silencio.

- ¡Veo algo allí delante!.

Centro mi atención al frente y aunque las tenues luces que utilizamos, son insuficientes para ver a poco más de media docena de metros por delante nuestro, no me cuesta distinguir, el perfil de lo que sólo pueden ser varios edificios bajos.

- Creo que ya hemos llegado – anuncio sin demasiado entusiasmo.

El Padre Carlo acelera ligeramente y las formas ganan en detalle. Parece un pequeño pueblecito, compuesto mayormente por pequeños edificios cuadrados de color claro, toda una rareza, en una zona donde suelen predominar los campamentos nómadas.

- Parecen ruinas romanas – comenta el padre Carlo.

No se ve el menor rastro de vida (muertos vivientes incluidos), lo que supongo es una buena señal. Suponía que el recuadro en el mapa, se trataría de un pueblo, pero bien pensado, unas ruinas son un lugar mucho más seguro.

Son las 04:52, aún disponemos de unas cuantas horas hasta que amanezca. Para entonces, será mejor que seamos capaces de encontrar el rastro de Iván y llegar al punto de extracción.


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MensajeTema: Re: El Despertar   Mar Jul 14, 2009 1:08 pm

XXXII Grafiti

No me es especialmente complicado, dar con el rastro de “la expedición de Iván”. Estas ruinas no son un lugar especialmente visitado y con la ayuda de los focos y las linternas, no tardo ni diez minutos, en dar con el rastro de las ruedas de sus vehículos. Salvo que me hayan dado por muerto, cosa que dudo, no debería tardar en encontrar lo que busco.

- ¿No bastaría con seguir las rodadas de sus neumáticos? – pregunta el padre Carlo.

Niego con la cabeza, mientras sigo recorriendo las paredes, con el haz de luz de la linterna.

- El rastro puede desaparecer en cualquier momento y no creo que andemos sobrados de tiempo. Además, tenemos un procedimiento para estos casos.

Oigo como Sara, les grita algo a los niños, que se apresuran a internarse corriendo en las oscuras ruinas. Supongo, que eso es algo que debería importarme y que debería advertirles que es peligroso y todo eso, pero teniendo en cuenta, que les considero “exceso de equipaje” y que no dispongo de tiempo para ser políticamente correcto, opto por mirar hacia otro lado y continuar con mi tarea.

- ¿Se puede saber que es lo que estamos buscando? – pregunta Greg.

- Números – es mi escueta respuesta.

El lugar tarda bien poco en dejar de estar en silencio. A las risas de los aprendices de palilleros y los gritos de la religiosa, se suman los del desquiciado padre Carlo pidiendo silencio. Greg le está diciendo algo a Mosi, que no probablemente no podrá comprender, pero que le mira con horror, al haberse dado cuenta del cambio de su estado mental, un cambio, que sin duda ella también conoce de primera mano. La luz de la linterna va perdiendo intensidad, a medida que el cielo empieza a clarear.

Agito con fuerza la linterna, en un intento de avivar su luz, ya que no dispongo de pilas de repuesto y ya estoy pensando en la posibilidad de improvisar una antorcha, cuando las risas se interrumpen y sé que algo anda mal. El alarido (más que grito) de la religiosa, me lo confirma.

Todos corren hacia el lugar del grito y quizás por curiosidad, puede que por inercia, les sigo acelerando el paso. ¿Qué es lo que puede haber ocurrido?. Es posible que uno de los críos, preferiblemente el pequeño bastardo que se metió mi reloj por el ojete, se haya caído por algún boquete en el suelo, tampoco descarto el ataque de algún animal infectado.

Llego el último y aunque en un momento, me siento ligeramente decepcionado, al reconocer al pequeño “manga pelucos” de una pieza, siendo abrazado por la hermana Sara, no puedo sino alegrarme con el macabro hallazgo.

Sentado en el suelo, se encuentra el cadáver de Alfred. Su cabeza se encuentra caída hacia delante, como si intentara lograr una autofelación póstuma, a pesar de lo que se encuentra en el interior de su boca, sea una pistola de diseño peculiar y no su pene. Pero por mal que pudiera llegar a caerme el estirado arqueólogo, lo decorativos que puedan llegar a ser sus sesos y restos craneales esparcidos por la pared o lo bien que va a venirme esa pistola que él ya no va a necesitar, el motivo de mi alegría, son los gruesos números pintados a la diestra del cuerpo.

- ¡Bingo! – exclamo -, alumbrando con la tenue luz las gruesas coordenadas.

El padre Carlo se santigua, mientras la hermana Sara, me mira como si acabara de bajarme los pantalones y me hubiera cagado en la boca del cadáver.

- ¡Un respeto por los muertos! – me exige la religiosa.

Sin volverme, me inclino junto al cuerpo y con cierto esfuerzo, le despojo del arma que parece seguir queriendo retener para que le proteja de todo mal. Se trata de todo una rareza, una Vektor CP1, una pistola surafricana de polímero, que parece salida de una película de James Bond, algo demasiado pijo y sofisticado para el arsenal de Iván, por lo que deduzco que debía pertenecer al arqueólogo. Extraigo su cargador y cuento siete cartuchos del nueve parabellum, más otro que extraigo de la recámara tirando hacia atrás de la corredera y que vuelvo a introducir en el cargador.

- ¿Son esos los números que búscabas? – pregunta Greg.

- Sí, son las coordenadas de la zona de extracción.

- ¿No es un poco arriesgado colocarlas donde todo el mundo pueda verlas?-

Afirmo con la cabeza, mientras extraigo el mapa de mi bolsillo.

- En efecto – respondo -, por eso hay que restarle tres a la primera y sumarle cinco a la segunda.

- ¿Tienen esos números un significado especial? – pregunta Greg visiblemente interesado.

- Sí.

Pero no me apetece explicarle, que es lo que sucedió aquel lejano tres de mayo. Aunque todos los que estamos metidos en esta operación, conocemos el procedimiento, sólo Iván y yo mismo, sabemos que no son dos números escogidos al azar.

Después de efectuar las sencillas operaciones matemáticas, sigo las coordenadas en el mapa y mi optimismo sufre un considerable bajón. El punto de extracción, es una enorme zona con escasas curvas de nivel, es decir: una enorme explanada en mitad de ninguna parte. Lo malo, es que esa explanada, está situada a casi ochenta quilómetros de aquí en dirección a la costa. Lo malo, es que en el vehículo, no creo que quede combustible para recorrer ni cincuenta.

- ¿Ocurre algo malo? – me pregunta el padre Carlo.

- Tendremos que ir apretados – respondo mientras niego con la cabeza.

Tendré que pasar todo el combustible de los vehículos a uno sólo y aligerarlo de todo peso superfluo, pero con tantos pasajeros… está claro que no llegaremos, mi vista desciende hasta la pistola.

Greg no hace el menor comentario. Antes de apagar la linterna, veo como luciendo una amplia sonrisa, levanta la cabeza de su difunto ex jefe y le cierra los ojos.


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MensajeTema: Re: El Despertar   Vie Jul 17, 2009 12:56 pm

XXXIII Víctimas y Verdugos


No nos lleva demasiado tiempo trasvasar todo el combustible al vehículo de la misión al todo terreno. Tampoco hace falta demasiado tiempo y esfuerzo, para aligerar el vehículo, de toda carga superflua. Bueno, en realidad, no de toda. Hago unas señales al padre Carlo, para que me siga hasta el interior de uno de los edificios.

- ¿Qué es lo que ocurre? – me pregunta el sacerdote.

- Ustedes se quedan aquí – le explico.

En su atónita mirada, veo que no comprende la situación.

- Están cerca del río – continuo -, según el mapa, si lo siguen unos doce quilómetros hacia arriba, deberían llegar hasta una carretera que…

- ¡ Como se atreve! – explota finalmente el religioso.

Le encañono con la pistola y una expresión a caballo entre la sorpresa y la indignación, convierte su rostro en algo casi cómico.

- Somos demasiados – digo – y aunque consiguiéramos llegar, los tipos que van a sacarnos de aquí, no creo que sean precisamente de la cruz roja. Terminarán abandonados sin combustible en una explanada a ochenta quilómetros del pueblo más cercano o puede que - me detengo antes de pronunciar la palabra muertos para añadir finalmente -… algo peor.

- ¡¿Porque no lo dijo en la misión?!.

- Necesitaba su vehículo.

La indignación parece imponerse finalmente al miedo y la sorpresa. El religioso se lanza furibundamente hacía mi. Vacilo a la hora de apretar el gatillo y soy derribado por el misionero. En condiciones normales, reducir a este tipo, no debería llevarme demasiado tiempo, ni esfuerzo, pero el torturante dolor que siento en mis maltrechas costillas cuando impacto contra el suelo, aparte de dejarme sin aire, me hace arrepentirme de no haber disparado. Hago un intento por forcejear, pero el tipo debe haber cogido una piedra en algún momento, y la utiliza para golpearme de modo muy poco católico, mientras me dedica una serie de calificativos escasamente edificantes.

- ¡Maldito! – grita el padre Carlo -, ¡traidor!, ¡ mentiroso!, ¡asesino!.

Mis escasas fuerzas me abandonan y empiezo a sentirme como si me encontrara bajo el agua. Se produce un disparo y algo húmedo, me salpica la cara. El sacerdote se derrumba sobre mi, derramando sus tibios fluidos sobre mi persona.

- Ya solo me quedan dos – dice la conocida voz de Greg.

Aún tardo varios segundos en reaccionar. Me siento aturdido, mareado y dolorido. Greg aparta el cadáver del recién fallecido padre Carlo y me ayuda a incorporarme, mientras Mosi y la hermana Sara, han llegado atraídas por el estampido del disparo.

- ¡Por el amor de dios! – exclama la religiosa.

El disparo de Greg debe haber sido efectuado prácticamente a bocajarro, ya que el cabello está quemado alrededor del humeante orificio que tiene en la parte posterior del cráneo. Curiosamente, la religiosa es quien más afectada parece por la noticia. Mosi, no parece afectada en absoluto por el suceso. Quizás por el famoso dicho, de que uno siempre reconoce a los de su condición y los jovenzuelos, porque a su tierna edad, ya están de vuelta de todo tipo de atrocidades.

- ¿¡ Por qué !? – pregunta la hermana Sara, mientras se inclina junto al cadáver.

Pero tanto si la pregunta va dirigida a dios, como al cadáver, como a cualquier de nosotros, dudo mucho que termine por obtener una respuesta satisfactoria. Si no fuera porque a duras penas, puedo respirar y caminar al mismo tiempo, es remotamente posible, que perdiera algo de tiempo en explicarle que el motivo fue su estupidez. Luego, probablemente le indicara que subiera por el río una docena de quilómetros, hasta dar con lo que en el mapa parece una carretera, que pasa por lo que pueden ser un par de pueblecitos.

Pero las cosas son como son y están como están. Todo lo que hago, es recoger la pistola del suelo, antes de dirigirme con paso tambaleante en dirección al vehículo. Greg, le hace señales a Mosi para que nos acompañe. No sé si es buena idea, pero viendo como se las gasta ahora el becario, no creo que sea recomendable o incluso prudente, contrariarle. La joven niña soldado, nos mira a nosotros y luego a los jóvenes que rodean a la ahora llorosa hermana Sara. No tarda en decidirse y dirigirse hacia el todo terreno.

Greg sonríe. Puede que piense que la traumatizada muchacha, nos haya escogido porque él le gusta. Pero se trata de una elección mucho más simple. Quedarse con las víctimas o con los verdugos. Puede que su simpatía, esté con las primeras, pero todos sabemos, que los tres estamos en el bando de los segundos.

Ahora si que no estoy en condiciones de conducir, así que me acomodo lo mejor que puedo en el asiento del copiloto y me tomo dos calmantes. A la mierda la cabeza despejada, lo único que lamento, es no tener una de las puercas botellas de rakia de Iván para hacerlas bajar.

Greg se sienta tras el volante, mientras Mosi se instala silenciosamente en la parte trasera. Los niños nos dedican unas miradas acusadoras y para mi sorpresa, la hermana Sara se incorpora y alzando un puño en un gesto de lo más teatral, nos grita:

- ¡Iros al infierno!.

- La idea es salir – murmuro entre dientes.

- ¿Qué se hizo de aquello de poner la otra mejilla? – pregunta Greg.

Mosi palidece, como si temiera la maldición de la religiosa. El trastornado conductor poner en marcha el motor.

- ¿Hacia donde ? – pregunta.

Dedico una mirada al mapa, y no tardo en reconocer dos acumulaciones ascendentes de curvas de nivel, como el par de tristes colinas que se alzan en un rojizo horizonte que está empezando a clarear.

- Hacía allí – le indico.

Nos ponemos en marcha. El sol aparecerá por el horizonte en menos de dos horas. No sé a que hora se realizará la extracción, pero será mejor que nos demos prisa.


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MensajeTema: Re: El Despertar   Vie Jul 24, 2009 9:42 am

XXXIV Reencuentro



El amanecer tiene un tono rojizo, que probablemente le parecería precioso a un turista armado de cámara fotográfica, pero que a mi me parece de lo más premonitorio. Por supuesto, no es la primera vez que veo uno de estos, pero después de las palabras de la religiosa o quizás por el efecto de los calmantes, me siento como si estuviera conduciendo en dirección hacia un infierno, que todo sea dicho, tengo ganado a pulso.

Si no me he desorientado con el plano y las coordenadas son correctas, no deberíamos encontrarnos demasiado lejos del punto de extracción. Mas nos vale que así sea, ya que la aguja de combustible, ya no puede bajar mas. Vamos a convertirnos en peatones forzosos de un momento a otro.

Greg está poniéndome los nervios de punta. No ha abierto la boca desde… nuestra partida, pero su sonriente rostro, es todo un rictus de demencia. El muchacho es una bomba y sólo el de arriba, suponiendo que exista, sabe cuando y de que forma va a explotar. No soy psicólogo y ojala me equivoque. Pero creo que su cordura se ha marchado para no volver y aunque puede que con medicación y internamiento, su estado pueda mejorar hasta el punto de poder volver a integrarse y ser aceptado por la sociedad, nunca volverá a ser la persona que era.

En los ojos de Mosi, veo una mirada de reproche y no me sorprendería, que estuviera ahora mismo, pensando en meternos una bala en la cabeza a cada uno de nosotros.

- ¡ Mira! – dice la animada voz de Greg -, ¡ son ellos!.

En efecto, en el borroso y llano horizonte, vemos lo que solo puede ser el convoy de vehículos. Parece que el final anda próximo… para bien o para mal.

Como si hubiera estado calculado, el motor se niega a seguir en funcionamiento, aunque aún recorremos unos cuantos metros por la inercia, antes de que el todo terreno, quede finalmente varado en mitad de este desolado lugar.

- Parece que no vamos a librarnos de andar – digo sin dirigirme a nadie en especial.

Salimos del vehículo sin molestarnos en coger nada de su contenido. Nadie le dedica ni una mirada a la máquina que queda muerta a nuestras espaldas, como un animal que hubiera consumido su último aliento tratando de acercarnos a la salvación. Aunque distinguimos la silueta de los vehículos, no vemos el menor movimiento en los mismos y la desagradable idea, de que hayamos llegado demasiado tarde, me produce una desagradable sensación de angustia. Durante un par de segundos, acaricio la posibilidad de disparar al aire para llamar su atención. Pero un disparo puede oírse a demasiada distancia en medio de este silencio y no cometeré el error de llamar atenciones no deseadas, cuando la salvación puede encontrarse al alcance de la mano.

No habremos recorrido ni un centenar de metros, cuando escucho el inconfundible sonido de un vehículo al ponerse en marcha. Mi mano, quizás piensa por si misma, cuando se dirige a la empuñadura de la pistola. Seguro que son ellos… pero solo por si acaso.

Me siento sobre una roca de generoso tamaño. Es una tontería seguir andando se trate de quienes se trate.

- Entonces no lo entendía – dice Greg, con la vista fija en el vehículo -, ahora veo, que realmente no importa.

Estoy planteándome si preguntarle de que diablos está hablando, cuando distingo por fin a “marbellita”, tras el parabrisas, acompañado del que sólo puede ser “Arni”, así que ignorando las palabras de mi joven acompañante, levanto la mano a modo de saludo, mientras el vehículo realiza un derrapaje tan vistoso como innecesario, que solo parece tener como finalidad, indicar que “marbellita” se encuentra por fin de buen humor.

- Tienes un aspecto horrible – comenta “Arni” con su peculiar acento.

- Peor sabré – respondo mientras vuelvo a ponerme en pie.

- Ya os dábamos por perdidos – dice “marbellita a modo de saludo” -, llegáis por los pelos.

- Lo importante es llegar – respondo.

- Veo que aún llevas sobrepeso.

Sé que “marbellita” se refiere a Mosi, pero me limito a hacer un gesto que supongo será remotamente parecido a un encogimiento de hombros antes de preguntar.

- ¿Cuáles son los detalles de la recogida?.

Ahora es el pequeño y duro mercenario el que se encoge de hombros antes de señalarnos la parte trasera del vehículo, en un gesto que es toda una invitación a subir y decir:

- Según el jefe – responde finalmente -, vendrán a recogernos de un momento a otro. Ellos se quedan el paquete y a nosotros nos sacan de aquí. Eso es todo lo que sé … y todo lo que me interesa saber.

Acomodo lo mejor posible mi dolorido cuerpo entre cajas de munición y otros suministros, mientras Greg ayuda a Mosi a subir. Veo la desconfianza claramente en los ojos de la muchacha, pero no es que tenga muchas elecciones. Es probable, que en estos momentos se esté arrepintiendo de no haberse quedado en las ruinas con la hermana Sara y su panda de delincuentes juveniles.

“Marbellita” arranca el vehículo y conduce como si tuviera prisa. Puede que el no quiera saber más, pero todo este asunto lleva apestando desde que empezó y desde luego, yo si quiero hacerle unas cuantas preguntas a Iván.


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MensajeTema: Re: El Despertar   Miér Ago 26, 2009 1:02 pm

XXXV Exceso de Equipaje

Los vehículos están dispuestos en una especie de semicírculo, que me hace pensar en las caravanas que adoptaban una disposición similar, en las películas del oeste que veía durante mi niñez.

El grupo de supervivientes, tiene un aspecto sucio y desharrapado, pero aún y así casi parecen impolutos al lado del que debo presentar yo. John, el lingüista, se mueve nerviosamente, como un animal enjaulado. La pareja compuesta por Alima y el dr. Eric, se mantienen silenciosos y apartados, se nota que están asustados y la verdad sea dicha, tienen motivos de sobras para estarlo. Leonid, que ha cambiado su ametralladora RPK-74, por una escopeta de combate Saiga-12, se encuentra escrutando el cielo con gesto ceñudo y Frank, que me saluda con un animado gesto, se encuentra sentado junto al amarrado y amordazado prisionero.

Sentado sobre el capó de un vehículo, con una botella de rakia a un lado y un fusil de asalto al otro, veo a Iván que parece igual de fresco y despreocupado que de costumbre. Claro que eso no es algo que me sorprenda, tratándose de alguien, que ha hecho de la despreocupación todo un modo de vida.

- Me alegro de verte camarada – me dice a modo de saludo y añade -, no tienes buen aspecto.

Acepto la botella de rakia y doy un largo trago, que arde al bajar por mi garganta. Si salgo de esta, prometo no volver a probar esta porquería.

- ¿Vamos a tener más sorpresas? – le pregunto.

- Eso nunca se sabe – es su animada sorpresa -, la vida sería muy aburrida si fuera predecible.

- Greg ha llegado al punto de no retorno – le comento.

El corpulento mercenario asiente con la cabeza y fija su vista en Mosi.

- Veo que también traéis sobrepeso.

- Greg se ha encariñado con ella.

- ¿Nos causaran problemas? – me pregunta mientras dedica una mirada a su arma.

Niego con la cabeza.

- Quieren lo mismo que nosotros.

Iván se encoge de hombros cuando responde:

- Bueno, tenemos una plaza libre.

Recuerdo el cadáver ahorcado junto a las coordenadas.

- ¿Qué ocurrió?.

Iván da otro trago y vuelve a encogerse de hombros.

- Estuvo hablando con Malik, no sabemos que es lo que le dijo, pero decidió retirarse de la partida.

- ¿Por eso está ahora Malik amordazado?.

El hombre asiente con la cabeza.

- Es mejor prevenir que curar – dice.

Me pregunto que es lo que pudo haberle dicho Malik, para hacer que el estirado de Alfred, decidiera quitarse la vida. Pero ahora, tengo cosas más importantes en las que pensar.

- ¿Qué es lo que va a pasar ahora?.

Mi interlocutor sonríe mientras deja caer al suelo la vacía botella de licor.

- Les daremos lo que quieren y ellos nos sacaran de aquí.

Suena demasiado fácil. Sobretodo, teniendo en cuenta que lo más fácil y barato, será quitarnos de en medio una vez tengan lo que quieran.

- ¿Qué es lo que sabes de la gente con la que has … negociado?.

- Que disponen de los medios necesarios.

- Si tantos medios tienen – respondo un tanto irritado -, ¿Cómo es que necesitaron que les hiciéramos el trabajo sucio?. Este asunto a apestado desde el principio.

Iván se encoge de hombros y por un momento, parece buscar la botella que acaba de desechar.

- Este no es un negocio seguro – dice por fin -, tu lo tienes fácil, sólo tienes que hacer lo que te digan, apretar el gatillo y cobrar. Yo tengo otras responsabilidades.

- ¿Quiénes son exactamente esos tipos?.

- No lo sé. Fueron ellos los que se pusieron en contacto conmigo. Pero quieren a Malik a cualquier precio.

Esto no me gusta, no me gusta ni un pelo y estoy a punto de comentarlo, cuando oímos el inconfundible sonido de un helicóptero.

- Ya están aquí – dice Iván con una amplia sonrisa en el rostro, pero llevándose instintivamente, la mano a la pistolera, para comprobar que está abierta.

Al cabo de unos segundos, el aparato se hace visible, como un gran punto oscuro volando casi a ras del suelo. Sin duda, el piloto los tiene bien puestos y sabe lo que se hace.

- Es un Black hawk – comenta Frank.

Pero a medida que se aproxima y va ganando detalle, vemos que es “el primo marino” del Black Hawk. El Sea Hawk.

¿Cuál era la capacidad y autonomía de ese gran helicóptero?. No lo recuerdo, pero su capacidad no era de más de diez personas sin contar al piloto, así que teniendo en cuenta que nosotros somos once contando al prisionero y que dudo que el aparato viaje vacío, las cuentas, no me salen en absoluto.

- No tendrá capacidad suficiente – le digo a Iván.

No me sorprende, ver que este asiente distraídamente con la cabeza.

- El trato – me explica -, fue que nos sacarían a nosotros y al prisionero.

Con “nosotros”, sé que se refiere a Frank, “marbellita”, “arni”, Leonid a él y a mi.

- ¿Y que pasa con los civiles? – pregunto aunque sé muy bien la respuesta.

- Como suele decirse en estos casos camarada. Son exceso de equipaje.

Ahora, todas las piezas empiezan a cuadrar en su sitio. No es que pueda reprochárselo. Iván es a su manera, un hombre de palabra y su prioridad, es su pellejo y el de sus hombres. Por suerte, eso me incluye a mi, pero a pesar de que respeto su decisión, eso no significa que me guste.


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MensajeTema: Re: El Despertar   Lun Sep 07, 2009 7:34 pm

XXXVI El último bote


El rotor del Sea Hawk, nos llena de polvo rojizo durante su lento descenso. Siento en el estómago, la desagradable y característica sensación, que suelo sentir ante la inminencia de una desagradable e inaplazable situación, sobre la que he evitado pensar, escudado en su relativa lejanía.

El piloto no apaga el rotor y mientras el artillero que empuña la ametralladora M-60, nos mira con gesto ceñudo a través de sus gafas de sol, un solo tipo salta a tierra. Se trata de un tipo de aspecto corriente. Medirá algo menos de metro ochenta, edad comprendida entre los treinta y muchos y los cuarenta y pocos, cabello rubio, barba de un par de días, gafas de sol y una pálida piel, que contrasta con nuestro aspecto tostado. Se viste con una especie de mono de trabajo negro, lleno de cremalleras y al igual que ocurre con el helicóptero, no vemos en su indumentaria la menor señal de nombre, insignia o rango. Como única arma, lleva una pistola al cinto.

Iván se adelanta y ambos hombres intercambian saludos y palabras, que por lo menos yo, no alcanzo a oír por el estruendo del rotor. Al cabo de unos segundos, Iván se acerca a nosotros y dice:

- Haremos dos viajes – comenta mintiendo con toda naturalidad -, en el primero, irá el prisionero y mis muchachos, en el segundo, se evacuará a los civiles.

Veo todo tipo de reacciones en los rostros. En el de Frank, “marbellita”, “arni” y Leonid, silencioso asentimiento. En el del doctor Eric y Alima, algo parecido a la resignación. Miedo cercano al pánico en el de “Johnnosecuantos”. Greg, mantiene algo a caballo entre cara de poker y una expresión divertida. En cuanto a Mosi, ignoro hasta que punto, la pequeña niña soldado, comprende la situación.

En cuanto a “Malik”… para tener el cañón de una escopeta de combate Saiga, apuntándole en la cabeza y estar a punto de afrontar un destino que puede que pase por la vivisección o algo peor… yo diría que no se lo está tomando nada mal.

“Arni” se levanta, dispuesto a encaminarse hacia el helicóptero, cuando Iván le detiene:

- No tan rápido, no podemos embarcar así – nos dice.

En su rostro, veo que lo que va a decirnos, va a ser otra paletada de mierda, que no va a gustarnos más que las anteriores.

- Tenemos que dejar aquí todas nuestras armas – nos informa.

Pero por su cara, sé que eso no es todo, aún falta la apestosa guinda, del oloroso pastel de mierda, que espera que nos zampemos con fruición.

- Y deberemos vendarnos los ojos antes de embarcar.

La tormenta de maldiciones, exabruptos y muecas de “que te jodan”, no se hacen esperar y la verdad sea dicha, no puedo decir que me sorprenda.

- ¿Para que puedan deshacerse de nosotros en pleno vuelo? – dice “Arni” – ni hablar.

Frank, para el que pedirle que abandone aquí su preciada arma, es como pedirle que se corte una extremidad, tampoco parece ver el asunto nada claro. Pero Iván, nos deja muy claro, que las condiciones no son negociables:

- ¡Y una mierda no son negociables! – grita “marbellita” -, nosotros tenemos la mercancía, si la quieren…

- Las cosas no funcionan así – le interrumpe Iván -, tenéis mi palabra de que…

- Somos una patata caliente – dice Frank cortante.

- ¡A la mierda! – exclama “arni” con su característico acento -, no estamos tan lejos de la costa, yo digo que pasemos de estos cabrones y …

El tipo del mono oscuro, parece impacientarse y desde la distancia, se señala el reloj con un claro gesto de impaciencia. Iván, visiblemente molesto por nuestras reticencias, levanta la voz al preguntar con un tono de voz, que deja entrever que se siente ofendido por nuestra reacción:

- Os doy mi palabra, de que esta es nuestra mejor opción, ¿acaso ya no confiais en mi?.

Pero la respuesta no es tan sencilla. Todos sin excepción, nos sentimos engañados y estafados desde que este tinglado, ha empezado a irse a la mierda. Durante los últimos días, hemos estado haciendo surf sobre un mar de mierda, a bordo de una tabla fabricada a base de mentiras. No. Esta muy claro, que ya no nos fiamos de él y muchísimo menos, de ese desconocido de la barba.

- Esta bien – dice ahora Iván visiblemente molesto y tomando al prisionero por el brazo -, el señor Malik y yo, vamos a bordo – y subiendo la voz para que todos podamos oírlo grita - ¡quedan cinco plazas, los cinco primeros en embarcar, se las quedan!.

Que jodido cabrón. Mientras el tipo avanza hacia el aparato, conduciendo por el brazo, al maniatando Malik, nosotros nos miramos unos a otros, con expresión de incredulidad.

- Vamos – dice Greg -, que avanza sonriente, conduciendo a Mosi, en dirección al aparato.

“Marbellita”, alterna nerviosas miradas que van del pesado helicóptero a Frank, pero este mueve la cabeza en clara señal de negación. Nada va a hacer que el francotirador cambie de opinión. Lo que dijo “arni” es muy cierto, la costa no está demasiado lejos y no debería ser demasiado complicado, hacerse con una embarcación… por las buenas o más probablemente por las malas. De no tener dos costillas rotas y estar quedándome sin analgésicos, está claro que esa sería la opción que tomaría. Pero en mi actual estado, necesito atención médica y supongo que incluso en la enfermería de Guantánamo, tengo más posibilidades de obtenerla que aquí. Así que ante las incrédulas miradas de mis colegas, dejo la pistola en el suelo, me vuelvo hacia ellos y les digo:

- Ya nos veremos.

Y ya está. Les doy la espalda y camino en dirección hacia el voluminoso helicóptero, en el que Malik ya se encuentra esposado al asiento y donde Iván, ya desarmado y encapuchado, termina de acomodarse. Greg, deja el arma en el suelo junto a las de Iván, a unos metros del helicóptero, bajo la atenta mirada del artillero, pero Mosi, no parece nada convencida por este negocio. Ya estoy empezando a pensar, que se negará a embarcar, cuando para mi sorpresa, abandona también el rifle que antaño perteneció al padre Joaquín, que espero siga con vida y se deja encapuchar por el tipo de las gafas de sol. Llega mi turno y aunque no pretendía hacerlo, me doy la vuelta, movido por la curiosidad, de saber quien aceptará las dos últimas plazas.

De entre mis colegas, sólo “marbellita”, parece lanzar unas dubitativas miradas al helicóptero y entre los civiles, “Johnnosecuantos” parece dudar mientras es testigo de una acalorada discusión entre el doctor Eric y Alima. Está claro, que uno de los dos aboga por subir al aparato, mientras el otro se niega en redondo a ello, pero en cualquier caso, ninguno está dispuesto a abandonar al otro.

- Tu turno amigo – dice el tipo del mono oscuro, que continua mirando al mundo a través de su gafas de sol.

Me vuelvo, y permito que me encapuche y luego a ciegas, me guíe hasta el metálico asiento del aparato.

Nadie habla y el tiempo continúa transcurriendo, sin que nadie parezca decidirse a embarcar. Empiezo a pensar, que nadie va a decidirse a tomar las dos últimas plazas de este incierto vuelo, cuando escucho como dos nuevos ocupantes, son acomodados en el aparato.

Ya está. Mientras nos elevamos, tengo claro que la suerte está echada para bien o para mal. No tardaremos en comprobar, como de buenos son, los contactos de Iván.


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MensajeTema: Re: El Despertar   Miér Sep 16, 2009 6:10 pm

XXXVII Purgatorio


Volamos durante lo que calculo deben ser entre cuarenta minutos y una hora. Teniendo en cuenta, que este pájaro no está viajando al límite de carga, y que debemos llevar una velocidad de crucero de entre 180 a 200 quilómetros por hora. Debemos andar, en el peor de los casos, relativamente cerca de la costa, que según el mapa, no se encontraba a mucho más de ciento cincuenta quilómetros de nuestra posición. Sé que la limitación a seis personas, tiene más que ver con la autonomía que por el espacio, ya que llegado el momento, poco les ha importado quienes fueran los pasajeros y no puede decirse, que estemos viajando apretados. ¿Cuál era la autonomía de estos aparatos?, creo que cerca de cuatrocientos quilómetros, por lo que supongo que aún nos queda un buen rato vuelo… a menos que decidan deshacernos de nosotros por la vía rápida y nos lancen encapuchados sobre la costa, aunque dudo que se complicaran tanto la vida. Si quisieran matarnos, podrían haberlo hecho con mayor facilidad disparándonos desde el aire.

Una vez más, vuelvo a preguntarme quienes habrán sid, los dos últimos en subirse al aparato. El sonido del rotor, es lo único que se cuela por mi oscura capucha, por lo que el hablar, no es una opción. Descarto a Frank. El francotirador no sólo no se fía un pelo, sino que se negará a viajar sin el arma que ha sido su compañera durante los últimos años. Tampoco apostaría por “arni” o “Leonid”. ¡Diablos!, ni por mi de no necesitar ayuda médica. “Marbellita” estaba dubitativo. Este asunto no le convence en absoluto, pero quiere salir de aquí cuanto antes y quizás sea capaz de agarrarse a un clavo ardiendo, aunque francamente, yo en su pellejo, apostaría por intentar alcanzar la costa junto a sus camaradas, antes que subirme a este autocar volante a Guantánamo o lo que sea que nos tienen reservado.

Siguiendo con mis cábalas, “Johnnosecuantos”, no parecía muy convencido. Por un lado, este turbio helicóptero, no tiene nada que ver con lo que él se esperaba. Pero por otro, solo será un estorbo si opta por acompañar a los muchachos en su viaje hacia la costa y la parejita… estaban discutiendo, lo que me indica que uno quería subir al helicóptero y el otro (o la otra) no. Probablemente, decidan lo que decidan, irán los dos juntos.

Me siento terriblemente cansado. Trato de acomodarme para dar una cabezadita y consigo caer en un estado de duermevela, en el que se alterna la oscura realidad de capucha y rotor, con un popurri de imágenes procedentes de los más enfermos rincones de un pasado repleto de violencia. ¿Es mejor no ver nada que ver un siniestro desfile de muerte y mutilación?, puede que si, pero una sensación de laxitud, me impide desperezarme lo suficiente, como para ahuyentar de una vez, a esa colección de tortuosos fantasmas de mi pasado.

Así, desfila ante mis ojos una especie de macabra película, que alterna oscuridad con niños sin piernas, madres sin brazos ni pechos y padres sin cabezas. Con perros a los que han decapitado, para coserles burdamente cabezas humanas sobre el muñón del cuello, tipos estrangulados con sus propios intestinos, bebés muertos, que gatean sujetos al cordón umbilical que les une al cadáver de su madre muerta, macabras esculturas, en las que una pareja de niños, sujetos con estacas, parecen jugar a las canicas con sus globos oculares. Tras ellos, un tipo gordo y grasiento, que sonríe mientras sujeta un soplete con una mano y unos alicates con la otra, vuelve a hacerle una muda pregunta, al lloroso despojo que tiene ante si, que no tardará en formar parte de su apestosa colección de putrefactas estatuas.

De sobras sé, que ese gordo cabrón, no volverá a levantarse después de que le vaciara medio cargador en la cabeza, hace ya más de una década. Le llamaban “el escultor” y me lo cargué al descubrír su “circo del horror”. Algo más adelante, me enteré de que ese bastardo, trabajaba para el mismo bando que me pagaba y que era uno de sus mejores bazas a la hora de conseguir información de prisioneros poco comunicativos.

Por suerte, nadie descubrió que fui yo quien esparció el contenido de su melón por la pared. Un asesinato, dentro de un guerra que no iba conmigo y no fue por dinero ni por venganza sino… ¿por asco?, ¿por decencia?. No lo sabría decir. Nunca he sentido el menor remordimiento por su muerte. Pero por algún motivo, el muy cabrón siempre se aparece en mis pesadillas. Puede que se trate de un mensaje de mi subconsciente o simplemente, el muy hijodeputa, quiera recordarme, que está esperándome, en el lugar a donde quiera que vamos los tipos como él y como yo, al dejar este mundo.

Por fin, soy desvelado por la inconfundible sensación en mis tripas, del helicóptero descendiendo. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido?, no tengo la menor idea, puede que una hora, puede que mas. Veo el presente bastante negro, por lo que el futuro inmediato, no debería poder empeorar demasiado.
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MensajeTema: Re: El Despertar   Mar Sep 29, 2009 8:11 pm

XXXVIII Agua y galletas

Soy sacado del aparato sin violencia pero con firmeza. Después de andar durante un par de docenas de metros, oigo el inconfundible sonido de una sólida puerta metálica, pero no tengo la sensación de movimiento, que debería sentir a bordo de un barco. Desciendo por dos tramos de escaleras metálicas. Luego viene un giro a la izquierda, otro pasillo relativamente largo, nuevo giro a la derecha y el sonido de otra pesada puerta metálica. Por fin, me es retirada la capucha.

Nos encontramos en una amplia habitación de paredes metálicas, que cuenta con una gran pantalla de televisión como único elemento decorativo. En el centro, rodeada por media docena de sillas de camping, se encuentra una mesa de plástico, sobre la que han colocado algunas botellas de agua y lo que parece un generoso surtido de chocolatinas y galletas embasadas.

Recorro el grupo con la vista y veo que este, está compuesto por Iván, Greg, Mosi, “marbellita” y “Johnnosecuantos”. Nos miramos los unos a los otros, pero nadie dice ni media palabra. Supongo, que no hay gran cosa que decir. Me siento en una de las sillas de camping y tomo una botella de agua. El resto, no tardan en imitarme y es Iván el que rompe el incómodo silencio al exclamar:

- ¿Agua?, ¡puaf!.

Yo opino poco más o menos lo mismo, del edulcorado surtido de galletas y chocolatinas. No es que me gusten los dulces, pero después de los últimos días, el cuerpo me pide algo más consistente. ¡Mierda!, incluso una lata de atún, me parecería todo un manjar.

La pantalla de televisión se ilumina y en ella, vemos el rostro de un tipo de unos cincuenta años y cabello blanquecino, que empieza a escasear por distintos frentes.

- Buenos días – nos saluda a través de unos cuadrados altavoces, que confieren un toque metálico a la ronca voz del tipo en pantalla -, lamento que por el momento, no podamos ofrecerles demasiadas comodidades. Pero han de entender, que nos enfrentamos a una plaga que se propaga con rapidez y por el momento, deberán permanecer en cuarentena.

- ¡Esto es intolerable! – grita “Johnnosecuantos”.

Pero obviamente, el tipo de la pantalla o no puede oírle o le importa bien poco, lo que a nosotros nos parezca la situación. Está “leyéndonos la cartilla”, no preguntando nuestra opinión.

- Pasado el periodo de cuarentena – continua -, serán sometidos a un proceso de desinfección y los que lo requieran, recibirán atención médica.

- ¿Y cuanto se supone que dura ese periodo de cuarentena? – pregunta “marbellita” sin dirigirse a nadie en concreto y probablemente, sin demasiadas esperanzas de ser respondido.

- No mucho – responde Iván con su calma habitual -. Esa mierda, no tarda demasiado en mostrar sus primeros síntomas.

Recuerdo a Julie. Apenas han pasado cuatro días desde que la evacuamos. Pero en cuestión de horas, fue presa de graves infecciones y una fiebre altísima.

Veo a Iván demasiado “enterado” de todo el tema y sigo teniendo la sensación, de que sabe mucho más de lo que cuenta. Pero no me apetece iniciar una discusión, que dudo que sirva para nada. Así que me escojo una chocolatina, la acompaño con unas galletas, abro una botella de agua y me acomodo lo mejor posible en mi silla de camping. No me vendrían mal unos calmantes, pero después de todo lo que he pasado durante las últimas horas, bien puedo esperar un poco más.

“Marbellita”, se dedica a caminar en círculos, como un animal encerrado. “Jhonnosecuantos”, se derrumba en una silla llevándose las manos a la cabeza. Greg, que es quizás quien mejor se ha tomado todo este asunto, ofrece galletas a Mosi, que por su mirada, está claro, que aún no entiende lo que hacemos aquí. Iván por el contrario, parece entender demasiado bien todo este asunto y espera fresco como una lechuga, cómodamente sentado en su silla de camping.

No sé quienes son los tipos que nos tienen en su poder. Lo mismo puede ser la CIA, que una gran corporación farmacéutica. Tampoco es que me importe demasiado, siempre y cuando, no estén planeando utilizarme como cobaya o algo por el estilo.

De momento, necesito esa atención médica. Así que me lo tomaré con calma y no causaré problemas.
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MensajeTema: Re: El Despertar   Mar Sep 29, 2009 8:11 pm

XXXIX Descontaminación


Una vez más, Iván tiene razón y el tiempo que permanecemos en cuarentena, no es demasiado largo. Unas seis horas después de nuestra llegada a la sala y cuando ya estaba planteándome muy seriamente, el mear en una botella vacía, se ha abierto la puerta, captando nuestra atención.

El tipo con barba de un par de días, me señala con el dedo y me indica con voz suave pero firme:

- Usted – venga aquí.

No es que se me presenten muchas alternativas, así que me pongo en pie y me dirijo hacia la salida.

- Necesitaría ir al baño – le comento al llegar junto a él.

- No se preocupe por eso – es su seca respuesta -, sígame por favor.

Esta vez recorro el pasillo metálico, sin los ojos vendados, pero soy muy consciente, de los dos tipos fuertemente armados, que me siguen desde una distancia prudencial. No visten ningún tipo de uniforme militar, sino algo más parecido a un oscuro mono de mecánico, sobre el que llevan una auténtica fortuna en equipo de combate. Tampoco veo que ostenten ninguna señal de graduación o nombre, lo que aumenta mis sospechas, de que se trata de algún tipo de fuerza de seguridad privada. El barbudo, abre una pesada puerta metálica a un lado del pasillo y me indica que entre.

La pesada puerta metálica es cerrada a mis espaldas y me encuentro solo, en una pequeña estancia, de blancas paredes metálicas, con un pequeño banco metálico, soldado a la pared y otra puerta de pesado aspecto al frente. De un pequeño altavoz situado en una esquina de la parte superior, surge la metálica voz del tipo que me ha conducido hasta aquí.

- Desnúdese.

Me siento en el banco y obedezco. Dejo mis ropas y mi calzado, más o menos ordenadas en un montón junto al banco, con la sensación, de que no volveré a verlas. La verdad sea dicha, solo lo sentiré por las botas. Lo que más me preocupa, es que mis pasaportes, se encuentran ocultos en el doble fondo del bolsillo de los pantalones. Pero no hay un maldito lugar en la pequeña habitación, donde pueda ocultarlos. Así que me las apaño para rasgar la tela y los dejo a un lado de la ropa, confiando en que me nuestros anfitriones, no los destruyan.

Al cabo de unos minutos, se abre la puerta frontal y la voz del altavoz ordena esta vez.

- Pase a la sala de descontaminación.

Atravieso la pesada portezuela y me encuentro en una especie de corredor alargado, de suelo enrejillado. Al levantar la vista, veo una gruesa tubería, dotada de gruesas alcachofas de ducha.

La voz, procedente de un nuevo altavoz, metálico situado por encima de la tubería, me dice:

- Cierre la puerta por favor.

Me vuelvo y cierro la pesada puerta metálica. Al poco, oigo el sonido del agua descendiendo por las alcachofas.

- Avance unos pasos – me indica la voz -, y asegúrese de mantener los ojos y la boca cerrados.

Durante varios minutos, me siento como un coche en un túnel de lavado, mientras mi olfato, es saturado por el hedor de potentes productos químicos. El agua (o lo que sea), nunca llega a salir fría, pero está empezando a calentarse quizás demasiado. Aprovecho y vacío mi vejiga. Después de todo, cuando pedí ir al baño, me dijeron que no me preocupara.

Por fin, la tormenta que cae sobre mi, empieza a enfriarse y a bajar de caudal.

- Puede abrir los ojos – me dice ahora la voz metálica.

Obedezco. Por las alcachofas, sigue cayendo una generosa cantidad de líquido, pero el hedor químico, ya no es tan intenso.

Con un pesado sonido metálico, veo como se abre otra pesada puerta al final del “tunel de lavado”.

- Ya puede salir.

Sigo las indicaciones de la voz y al llegar junto a la puerta, me encuentro con el tipo mal afeitado, que me señala una especie de fina bata blanca y unas chanclas de goma, con aspecto de haber salido de un bazar chino.

- Vístase y sígame – me ordena con su habitual tono de voz.

- ¿No tiene una toalla? – pido amablemente.

- No se preocupe por eso.

Parece que esa, es su respuesta a cualquier problema. Pero una vez más, esto es lo que hay. Me seco por encima con la bata y me la coloco. Por lo menos, no es una de esas batas hospitalarias, que te dejan el culo al aire. Las chanclas me van un poco pequeña y desde luego, no llegaría muy lejos intentando huir con ellas.

- Sígame por favor.

Se abre una nueva puerta metálica y salimos a otro pasillo, idéntico a los anteriores. Si su objetivo era desorientarme, debo confesar, que lo están consiguiendo.

Por suerte, tampoco esta vez tengo que caminar demasiado, hasta llegar frente a una nueva puerta metálica, donde me encuentro con una enorme y perfectamente equipada enfermería.

La puerta se cierra a mis espaldas con su inconfundible sonido metálico. Dos siluetas cubiertas de la cabeza a los pies, con una especie de traje protector verde, me miran a través de unas máscaras que les dan cierto aire alienígena. Supongo, que por fin voy a recibir asistencia médica.
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