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 RESEÑA DE LA CENSURA CINEMATOGRÁFICA EN ESPAÑA DE ALBERTO GIL –Ediciones B, 2009-.

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MensajeTema: RESEÑA DE LA CENSURA CINEMATOGRÁFICA EN ESPAÑA DE ALBERTO GIL –Ediciones B, 2009-.   Lun Dic 21, 2009 12:16 pm



Un libro como La censura cinematográfica en España admite dos posibilidades de lectura. Podemos leerlo como lo que, en principio, es – un ensayo de tipo histórico con trasfondo cinematográfico-, o bien como una novela de ciencia ficción basada en hechos tristemente reales.
Y es que, quien decida adentrarse en las documentadas páginas de este ensayo de Alberto Gil descubrirá que no estamos tan lejos de una obra mítica como Fahrenheit 451 …ni tampoco de la reciente polémica originada en torno a la exhibición de Saw VI –no en vano, este episodio tuvo lugar muy poco tiempo después de que se publicase el libro que nos ocupa-.

A través de una amplia selección de párrafos extraídos de diversos informes de censura, que constituyen el grueso del texto, Alberto Gil traza un demoledor e implacable retrato de los oscuros años del franquismo, y lo hace con la imparcialidad del notario que levanta acta de una serie de hechos pero no interviene de forma activa en ellos – hay que exceptuar, no obstante, un esclarecedor y certero epílogo, significativamente titulado Entre el esperpento y el escalofrío , donde el autor lleva a cabo una valoración global de lo que significó la censura, así como de las nefastas consecuencias que tuvo para la sociedad española de la época-. De esta manera, su voz sólo se deja sentir mediante irónicas matizaciones que subrayan la estupidez de los censores y, al mismo tiempo, dotan al texto de una leve y sana irreverencia que hace aún más agradable y disfrutable su lectura, si bien es cierto que la constante acumulación de ‘sentencias’ puede resultar algo cansina a ratos.

Con frecuencia, la labor de la censura no se reducía sólo a cortar determinadas escenas de tal o cual película, o a exigir cambios drásticos en algunos guiones, o materiales promocionales. El censor pretendía, asimismo, manipular la conciencia del espectador, cuestionando la capacidad intelectual e incluso moral de éste. Todo ello no deja de resultar chocante si tenemos en cuenta la escasa o nula formación cultural de que hacían gala algunos censores, como demuestran los ejemplos siguientes, plagados, entre otras cosas, de errores ortográficos:



“durante todo el desarrollo hay un juego torpe de suspense herótico” [pág 68].



“PROIBIDA. Considero que es totalmente rechazable. Políticamente no puede aceptarse, es fomentar odios, atacar sistemas, relatar horrores, que han podido o no suceder tal como aquí se cuentan, pero que ya está bien de insistir en ellos, cuando aún no hemos visto ninguna película que relate los horrores de Hungría, de Rusia, de Polonia, por que creo la intención está clara. Por otra parte es un mundo que hemos vivido que está muy cerca para que pueda atacársele así. Por último, mucha gente de no suficiente cultura no sabría distinguir entre lo nazi y lo militar y no creo que sea justo poner en duda lo que ha sido Alemania. Por otra parte, la película es mala y desagradable y no creo que con prohibirla se pierda nada”. [págs 292-293].



“[…]Para mí no es una película de niños, aunque no tenga reparos de orden sesual”. [pág 262].



“ De policías y bandidos. Muere el malo” [ pág 348, -resumen de la película El último refugio, -Raoul Walsh, 1941-, a cargo del censor David Jato-].



En lo que se refiere al fantaterror, la censura española demostró siempre una incomprensión absoluta. El género de terror se consideraba propio de mentalidades imbéciles, y cualquier atisbo de fantasía (que, en ocasiones, se mezclaba con lo que la censura consideraba ‘erótico’, como pone de manifiesto la patética anécdota referida a El monstruo de las nieves –pág 33-) era cercenado por la correspondiente tijera en aras de un realismo vulgar, chato y mal entendido. En este sentido, el libro nos muestra cuál era la opinión de los censores sobre algunos títulos significativos del género:



“Como su título indica, se trata de un nuevo golpe al tema de Drácula, de pésimo gusto, dedicado a deficientes mentales”.
“Resulta tan desagradable y tan macabra que estimamos debe prohibirse por las razones siguientes: 1ª Mal gusto y morbosa intención; 2ª Muy peligrosa para gentes psicológicamente débiles, y 3ª . Fomentar un género que debe evitarse”.
[pág 181 –sobre el primer Drácula de la Hammer-].



“Macabra, repugnante y terrorífica. Brujas, vampiros, demonios. Creo hacer un señalado favor al público privándole de este espectáculo” [pág 199 –sobre La máscara del demonio-].



“Es una película mugrienta hecha para analfabetos e ignorantes de la peor calaña con el fin de que sean aún más bárbaros. Propongo su prohibición avergonzado de que alguien pueda importar películas como ésta” [pág 357 –sobre La momia azteca contra el robot humano-].



Desde siempre se ha asociado la actividad de la censura española con la represión sexual que padeció el país durante la interminable posguerra. La primera parte del libro, que responde al título genérico de La carne, aporta numerosas anécdotas a este respecto: descubrimos, por ejemplo, que los censores clasificaban e inventariaban los besos como quien colecciona insectos – había un “beso final”, un “besazo”, un “beso larguísimo”, un “beso con lengüeteo”, un “beso descarado”, un “beso corrido circular” (¡!), etc-, en un párrafo que nos trae a la memoria la escena final de Cinema Paradiso –Giuseppe Tornatore, 1988-; nos reímos al saber que una pareja en “situación horizontal” ya servía para considerar peligroso el contenido de una escena, por ingenua que ésta fuera en realidad; verificamos que la homosexualidad era contemplada como una ‘desviación inaceptable’; observamos, en fin , cómo los propios censores acabaron practicando la literatura pornográfica de modo involuntario al tener que informar sobre ciertas escenas – “Pasar del primer plano del rostro de la protagonista besando el cuello al “chico” a plano medio del chico. Con ello se suprime el plano medio de ella besándole el bajo vientre. Suprimir quejidos de él. Suprimir plano de la chica pelando un plátano y dándoselo a morder. Suprimir desde que la chica le da a chupar un dedo hasta el primer plano del rostro de él, suprimiendo por tanto todo el travelling sobre el cuerpo de él” ,pág 75-.
Las tres partes restantes –tituladas El demonio, El mundo, y Los censores, respectivamente- abordan el tema de la censura desde una perspectiva sociopolítica, religiosa (la colaboración de la censura con el clero fue tan estrecha que adquirió grados de auténtica simbiosis), y laboral (se detallan y analizan los principios que regían el oficio de censor). El libro se completa con una divertida introducción –La tosecita del general- ,digna de la mente de Albert Boadella y Els Joglars (parece una escena extraída de Buen viaje, excelencia –Albert Boadella, 2003-), y sobre todo, con una magnífica galería fotográfica consistente, por un lado, en una amplia muestra de carteles y fotogramas de películas pasados por el filtro del rotulador rojo; por otro, en una serie de ‘pavorosos’ retratos de censores que constituyen, por sí mismos, una verdadera ‘parada de los monstruos’( de hecho, la obra maestra de Tod Browning fue prohibida después de haberse proyectado…¡¡ en un cine de Avilés!!).

En resumen, La censura cinematográfica en España toma el cine como excusa para realizar la radiografía moral y social de toda una época de nuestra historia reciente, que abarca desde marzo de 1937 –fecha en que la censura comienza su siniestra labor- hasta noviembre de 1977 –fecha en que es disuelta por el gobierno de Adolfo Suárez-.
Pero este estupendo libro de Alberto Gil también puede ser entendido como una apología apasionada de la libertad de expresión, cualidad irrenunciable en un momento como el presente, donde la censura ya no se ejerce desde los ministerios, sino más bien desde la prensa, la radio, y en especial, desde algunas cadenas de televisión.
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